viernes, 28 de octubre de 2011

La juventud

            Comenzaré este ensayo con unas palabras de Rubén Darío: “Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro… y a veces lloro sin querer”. Y es que, en ellas, se ponen de manifiesto tres de las principales características de la juventud.
            En primer lugar, “divino tesoro”, otras veces llamada también “flor de la vida”, pues es una de las etapas más bonitas. Es el tiempo para dar cabida a los grandes ideales.
            En segundo lugar, como cualquier otra etapa, siempre llega a su fin (si queremos, pues existen muchas personas, incluso ancianas, que a pesar de que, por su edad, no pueda llamárseles jóvenes, sí que puede hacerse por su espíritu).
            Por último, es una época llena de cambios, de forja de la personalidad, de frustraciones, desencantos, pero, al mismo tiempo, grandes ambiciones, ilusiones e ideales.
            “¿Qué le pasa a esta juventud?”, se preguntan algunas personas. “Se están cargando el mundo”, se convencen otras. Pienso que se equivocan. ¿Por qué fijarse sólo en los defectos? ¿Por qué centrarse en el botellón, las drogas y la falta de compromiso? ¿Es que nadie se fija en aquel joven que pasa su verano entero en África ayudando a los más desfavorecidos? ¿Y en aquel que hace una visita de ancianos en vez de pasar la tarde con sus amigos? ¿Y qué pasa con quien ayuda a un niño inmigrante a integrarse, enseñándole a leer o escribir? Nadie se fija en estos jóvenes. No sé si son más o menos que los otros, pero también existen. Quizá pasen desapercibidos, pero ahí están.
           “Bah, ese tipo de jóvenes escasea”, responderán algunos. “Esos son los raros, los que van contracorriente”, dirán otros. Y en parte tienen razón, porque ese tipo de jóvenes no se dejan arrastrar por la corriente, no hacen las cosas porque los demás las hagan, son los que aún conservan los grandes ideales y luchan por ellos, y son también los que intentan cambiar al resto.
            ¿Qué pasa? ¿Aún no me crees? Bueno, quizás con este ejemplo termines cambiando de opinión. Lo diré en pocas palabras: Jornada Mundial de la Juventud. Te suena, ¿no? Sí, ese acontecimiento que tuvo lugar en Madrid hace más o menos un mes. Seguro que viste alguna imagen por la televisión ¿no te impactó ver a tantos jóvenes de tan diferentes lugares del mundo ahí reunidos para escuchar las palabras del, ni más ni menos, representante de Cristo en la Tierra? Ah, que no eres cristiano y eso del Papa no lo compartes mucho… Bueno, pues entonces fíjate en los voluntarios. Sí, esos jóvenes de camiseta verde que pasaron ahí una semana o más preparando todo, para que los demás disfrutaran de ello. ¿Por qué lo hacían? ¿Es que les gustaba andar a 40 grados a pleno sol por Madrid? ¿Quizás lo hacían por la oportunidad que tenían de dar órdenes y mandar a todo el mundo? ¿Es que se dejaban llevar por el resto y simplemente lo hicieron porque era lo que los demás hacían? Creo que no. Simplemente lo hicieron porque “les dio la gana”. Se llama “espíritu de servicio”, o “generosidad”. Y, sí, hay jóvenes que lo tienen. En concreto, 30.000 jóvenes fueron los voluntarios de la JMJ que, sin esperar nada a cambio, dedicaron su tiempo y sus energías a los demás, ayudando en todo lo que se les pedía.
            ¿Ves? Aún quedan jóvenes de ese tipo. Como mínimo, 30.000. Y estoy segura de que son muchísimos más. Por eso, dejémonos de fijarnos sólo en lo malo. Lo bueno es atractivo, y termina por contagiarse. La juventud no está “perdida”. No mientras haya jóvenes dispuestos a cambiarla, dispuestos a seguir esos grandes ideales. Porque la juventud lo da todo, se da a sí misma. Yo apuesto por ella. ¿Y tú?

No hay comentarios:

Publicar un comentario